dimarts, 2 d’octubre del 2012

Techo blanco

El blanco de tu techo me recuerda a la luz.  No a la luz del sol ni al resplandecer del cielo pero sí a otra cosa totalmente diferente a aquello que podía haber conocido antes.  Dentro de esas cuatro paredes, de ese pequeño mundo que parece tuyo y mio pero que en el fondo no nos pertenece, puedo ser y no ser, existir y morir o todo a la vez.  Hay un halo en esa penunbra tan clarividente que me permite ser libre de la coherencia sin dudarlo; fantasear con tigres y panteras, gatos, gallinas, huevos y trolls.  Verbotear con la boca, dándole una oportunidad de vida a las palabras que fluyen de mi boca inconscientes y confiadas con los ojos de la conciencia cerrados; parlotear con el cuerpo abriendo su carnaza a algo más que juegos de cama, apartándolo de esas carícias de tregua simuladas y mugrientas, el alimento de los buitres sin piedad.  Apretar los parpados con fuerza, ressoplar, reir a carcajada limpia o todo al unísono presa por una euforia que nace del escalofrío de los sentidos y que aguarda en las laberínticas cavernas del interior de ese ente extraordinario que llamamos "uno mismo" lista para resurgir.  Una macedonia de planos y texturas que me supera a veces tanto, que a ratos solamente necesito fijar la vista en tu inabastable techo blanco para comprender el aura cuadrada que me rodea.