Por la calle no hace
falta que una muchacha
sueñe en ser hermosa.
El aire mecerá su cabellera
dorada, nocturna o ambarina
igual que su tierna y volátil falda,
el deseo fugitivo de los hombres.
Sus pechos, aún verdes, lucirán debajo
el color de una camiseta estridente, asomaran
el puente de la nariz, preguntándose si son
o no advertidos.
Mientras la muchacha tímida mirará
cabizbaja al suelo, insegura de sus soles
y estrellas, otras harán harán retumbar sus
tacones delante del niño, el hombre y el
marido y a los Ibizas o los Audis que se
cruzen en su camino.
Cuando pasa la muchacha hermosa
el mundo fascinado para un segundo.
Tú, mujer, atrapa al universo que se acelera
al divisarte.
dimarts, 26 de juny del 2012
diumenge, 17 de juny del 2012
dijous, 14 de juny del 2012
La llama
Podría iluminarnos la profundidad de la noche,
pintarnos el viento, las hojas o el pincel
esponjoso de la hierba, pero ¿Sabes? No
existe brocha más precisa que la recóndita
llama que alumbra cada vez que me miras
dimarts, 12 de juny del 2012
Feria
Ayer visité aquella feria que todos
conocemos. Los caballitos desteñían naranja
y chirriaban al subir y al bajar y al contacto con mi peso al confiar en su
grupa vieja. Los payasos, esos seres
inquietantes de dientes afilados y amarillentos, vestidos con ropa vieja y
colorida me cantaban nanas a la luz de los focos mientras yo escondía mi rostro
detrás del brazo. Esos autos de choque grandes
y brillantes como guisantes, berenjenas, tomates y limones que yacían vacíos y
quietos alrededor del que me subí, entorpeciendo mi camino… vaya contradicción
jugar a chocar sin quererlo, quejándote de aquello que se interpone en tu rumbo
para llegar a… llegar a… la nada.
Apunté con la escopeta a darle al muñeco,
pero todos sabemos que esta trucada por el ingenioso feriante, ese que te mira sin
disimulo las piernas escondidas detrás de unas medias de cristal. El tiro me salió por detrás. La sangre me manchó el vestido blanco y el
lazo azul que cae de esa trenza tan cursi que me peiné para aparentar esa
fragilidad ingenua que hace tiempo que perdí, la que me había robado ese conejo
blanco con reloj y guantes que intentaba conseguir y que ahora me miraba
mientras el mundo daba vueltas y vueltas y más vueltas y se volvía turbio y
borroso. Veía transpirar las almas de
las cosas, como intentaban escapar de los cuerpos, presas y esclavas,
melanconiosas y cobardes por realmente no atreverse a volar.
Se hizo de noche, y yo seguía sintiendo el
palpitar de los espíritus. Un joven
charco de sangre reflejaba la redondez perfecta de la luna y el fulgor de las
estrellas. Las carpas quietas, toldos
ondulantes copulaban con el viento y un pesado silencio que me penetraba por la
herida echando raíz. El mundo se había
parado, pero no aquellas almas irisadas, que seguían flotando a mi alrededor
hasta que la luz del sol me amó y, compasivo, me llevó a casa.
dimarts, 5 de juny del 2012
Muerte
La muerte nos aguarda cada día
detrás de aquello que nos duele decir
o que nos duele callar, por miedo
a que nos pinche.
La parca no es quién nos sega
la vida final, sinó aquellos finales
que, (aquellas cuestiones
que nos rondan por la cabeza), perecen
con el primer rayo de sol o el último
de la luna.
Muerte es otra cosa que tantos de
aquí no entienden y viven y viven
como muertos vivientes a rastras,
a rastras y a rastras de su pasado
de ultratumba.
dilluns, 4 de juny del 2012
La suma de los días
Vas caminando bajo el suelo encapuchado
sintiendo el puñal de la lluvia en tus manos culpables,
mirándolas, sintiendolas imposibles para volver a alcanzar
ese amor olvidado,
ese beso obligado,
ese amigo apartado.
Los pies tíbios nada se preguntan, siguen avanzando
sin más, mientras que tu mirada sigue perdiéndose en
el pulgar, el índice y el corazón impotentes, incapaces
de contar la suma de tus días.
sintiendo el puñal de la lluvia en tus manos culpables,
mirándolas, sintiendolas imposibles para volver a alcanzar
ese amor olvidado,
ese beso obligado,
ese amigo apartado.
Los pies tíbios nada se preguntan, siguen avanzando
sin más, mientras que tu mirada sigue perdiéndose en
el pulgar, el índice y el corazón impotentes, incapaces
de contar la suma de tus días.
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