Llevo días pensando en ti, pero
aún no entiendo del todo porqué, así como tampoco acabo de comprender que es lo
que pretendo decirte. Recuerdo esa época
breve. Fue bella, pero también frágil,
tal y como una preciosa y delicada doncella de piel pálida, casi tan pálida
como la mortal porcelana china. ¿Qué me
amaste? Lo ignoro la verdad, pero algo me hace intuir que sí, que un poquito de
nada, pero lo suficiente para desear más que lo que soy por fuera, sino el alma.
¡El corazón humano es tan
sumamente avaro y egoísta! Ansiamos a que nos amen como a nadie, a ser los
primeros en despertar sentimientos especiales a los demás, a luchar contra el
olvido del corazón ajeno… pero, al mismo tiempo, somos nosotros quienes nos
olvidamos de hacerlo, de luchar hasta el final, de entregarnos sin miedo. Puede que sea eso, que sea este miedo el que
nos hace tender a querer acumular almas que nos deseen: miedo a que rechacen
nuestro afecto sincero. He oído más de una vez que quién siente menos es quién
manda. Pienso que es el más desgraciado, porque nunca podrá llegar a
experimentar el amor de fondo, el amor de ambiente que emana de cada color de
nuestros rincones escondidos.
Puede que yo también peque un
poco del mismo patrón egoísta. Me cuesta amar, tanto como le cuesta a tantas
otras personas; quiero pensar que una vez llegue, seré capaz de dar, dar y dar
sin cesar mis sentimientos, tan claros como el amor puro en sí mismo, el que
llamamos de verdad. Mientras tanto no
puedo responder ni corresponder, entiéndeme.
No pudiste traspasar el hierro, cruzar el río sin respirar. Algo murió antes de nacer, la exhalación
nunca dada del bebé en el vientre, el infante que nunca llegó a ver la luz.