dimecres, 24 d’abril del 2013

Costums


Acostumava a pensar que era lliure, que res podia aturar-me, que les paraules podrien arribar a ser alicates que trencarien les valves de les cadenes, però que mai podrien contribuir a teixir-ne una sense fi. Acostumava a pensar que podria arrancar una rosa amb els dits sense força  i que, també, podria assaborir l’olor secreta de les roselles, que només mirant-la seria capaç de mantenir-la viva uns minuts més després de fer-la esclava dels meus palmells un xic egoistes.

Acostumava a escoltar el verbotejar del cel cercant respostes. Així estirada mirant passar el cotó ennuvolat tenia un cert sopor feliç.  El sol sobre el cap escalfant-me els pensaments i immobilitzant-los, el vent remullant-me la memòria, ajudant-la a avançar com un torrent d’aigua pura.
Acostumava a contemplar l’estela que la música deixava impresa a les meves emocions. Com era capaç de saturar el dolor més intens o la melancolia, sempre agredolça.  Com podia ser capaç per un segons de diluir la pena a un color aquarel·la i a sobre marcar amb decisió una ratlla fogosa de cera vermella com la sang bullent del que creu que estima.

Ara, just avui prego per acostumar-me a allò que creia que tenia acostumat. Ara m’acostumo a seure al divan a pensar sobre si, realment, m’he i m’havia acostumat a creure si tenia i tinc llibertat.      

dimecres, 10 d’abril del 2013

El monstruo

Y… La oscuridad se posa de nuevo sobre ti, envolviéndote en su tela viscosa de araña.  Tú crees estar protegida dentro de tu cama caliente y cómoda.  Cierras los ojos, pero éstos conservan la ligereza fresca del despertar del alma, a pesar que tus sensaciones no se asemejen a la frescura ni la fuerza que nos trae la paz.  Tiemblas porqué sabes que él ha llegado, y que, más oscuro que la propia tiniebla, estará dispuesto a robarte la calma y comer tu corazón a mordiscos.  Lo ves asomado en la puerta de tu habitación, inmóvil, expectante. Ves esos cuernos de cabra negros (que alguna vez, en algún momento de la caprichosa eternidad, pudieron ser blancos).  Ves sus ojos redondos azabaches diabólicamente brillantes y como su fulgor hace retorcer de dolor esas entrañas que creías tuyas, pero que en el fondo le pertenecen.  Sigue observando, sigue bailando esa danza sutil del color del petróleo con la zarpa del silencio apresando tus tripas burbujeantes.

De lejos se oye un grito. Piensas que no eres tú pero… de nuevo, es el silencio que te confunde. Oyes sordamente chillar a tu garganta dentro de tu garganta, notas las lágrimas en el canal de riego del nervio óptico, el cual las transportará obedientemente a tu cerebro carbonizado.  Sabes que por mucho que riegues la planta está muerta y si no lo está también puede que perezca ahogada por negligencia. Esas vísceras siguen coleteando como el pez dentro de las redes condenatorias de un pescador experto, a su merced. Tal calma en el ambiente nocturno permitiría a los témpanos de cualquier intruso de oír tales crujidos tan semejantes a las burbujitas de plástico que pequeños y mayores revientan por placer o distracción. El intruso, en este caso, no existe ni existirá. Estás tú.  Está él. Nadie más al alcance de la vista, las ondas sonoras de un hipotético salvador no logran alcanzar tú aerodinámica y astuta oreja... Claro, ese superhéroe sobrevive a base de papel pintado de algún imaginario poderoso o de una polvorienta cinta de película.

Hace tiempo un brujo te musitó que para ahuyentar a los monstruos debías cerrar los ojos, arroparte la sábana hasta la puntita de la nariz y darte la vuelta; dispuesto a no mirarle, a ignorar su presencia inalterable.  Sujetando su bastón de sabio, añadió que los intestinos dejarían de sufrir, que el cerebro resurgiría de sus cenizas y que el nervio óptico dejaría de sangrar lágrimas pero… todo tiene su precio. Por ese entonces te alegraste confiado de que conocer una solución tan sencilla y rápida te ayudaría a soportarlo todo, a amputar el sufrimiento de tu cuerpo.  Años después, cuando contemplaste por primerísima vez el semblante demoníaco, te diste cuenta que no podrías escapar, que no serías capaz de darte la vuelta y dormir el alma mientras que esos cuernos te apuntasen.  Esperas. Extrañamente valiente. Mirándole el profundo de sus ojos.  
Él entonces, sonríe.