dijous, 27 de maig del 2010

Pequeños momentos

Se acercó a la cama, eran casi las seis de la madrugada. Su estrella dorada tenía los ojos cerrados, relajados. Las mejillas soportaban el peso de la cabeza sobre la almohada, haciendo una placentera presión. Su fino cabello lacio graciosamente despeinado se enroscaba entre las sábanas del color del trigo. En silencio, le tomó la mano con cuidado. ¿Como era su niñita tan serena a pesar de su corta edad? Ser capaz de acabar con el mundo cada noche y volver a nacer con la mente en blanco, ¿como es posible? ¿El querer aprender de una criatura de tres años es algo loco? No se veía capaz de enseñarle nada de la vida, porqué ella lo era todo. Su principio y su fin. Amor en estado puro, nada más. Tal sentimiento le hacía entrar en un estado de choque, quizás embriagado por la plenitud. No necesitaba nada más que el calor de su hija abrazándola o simplemente el peso inerte de la mano dentro de la suya mientras dormía. La reconfortaba. Ese era su secreto mejor guardado.

Una calmada expiración rompió el clima sosegado, propio de un templo.  La niña abrió los ojos y notó el sutil contacto de una piel un tanto arrugada, pero familiar. Acto seguido estiró ese brazo marcado por el tiempo que custodiaba su diminuta extremidad. Como tirando de un hilo, fue acercándose donde quería: los marcados hombros, el cuello largo, el pecho: El pecho de la mujer se posó delicadamente como una mariposa en una flor, encima del cuerpo de la pequeña.  La frente de la adulta chocó contra la almohada, rozando las nariz de la infante, que la contemplaba aún con la mejilla apoyada al almohadón. Un agradable aliento de olor a chocolate impregnó el cuello de la mujer. ¿Que es el amor sino esto; amor indestructible, verdadero... ¿quién sabe el término adecuado? El amor debe vivirse y desistir a explicarse. Es y basta. Nos completa sin nada.

Llena del aroma, no la abrazó: buscó su manita relajada para envolverla entre las suyas para contagiarse de su serenidad. Aprender a amar sin condiciones ni peros: nadie más que ella podía ofrecérselo. Que delicada paradoja: cuando más mayor nos hacemos más explicaciones pedimos al querer. -¿Por qué me amas?- -¡Por que si! Lo buscamos, pero dificilmente lo ofrecemos.

Su hija nunca despertó un día cualquiera a las 6 de la mañana. Contemplarla maravillada y imaginar, eso le bastaba.

dissabte, 15 de maig del 2010

Prejuicios

De nuevo se miró extasiada aquel tatuaje que adornada su piel recién teñida. Era una zarza preciosa, repleta de moras gordas y jugosas, como en aquellos dulces tiempos de infancia.

Su cabello rubio resplandecía por los impostores rayos solares reflejados por el barroco espejo colgado torpemente en la pared. Nadie había de descubrir su secreto; nadie excepto Rubén y Clara o simplemente quién tuviese ansias de conocerla a fondo sin prejuicios ni normas.

Sus ojos chocolate se olvidaron de la realidad. Por un instante ella dejó de estar ahí. Se encontraba de golpe en otro lugar exótico. Grande, de baldosas negras y transparentes, frías como el mismísimo hielo. Por contraste, la piel sutilmente dorada prepararía unas perlas de sudor, pero nunca llegaría a descubrirlas al mundo. El ambiente, así de cargado, olería a sándalo y quizás también a alguna otra flor pequeña, pero de fragancia poderosa.

Entonces, un rayo repentino la despertó de su sueño. Algo, había impactado contra su mejilla, arrastrándola hacía la roída sábana que tanto apestaba a gato. Súbitamente, un chillido agudo rasgo el aire como lo hace un cuchillo en la carne.

-¿Qué te has hecho? Mira que te lo he prohibido y tu ni caso. Nadie te va a querer así. Nadie te va a respetar con semejante cosa en la piel-

Ella, miró a su madre aturdida, sin comprender el por qué.

"nadie me va a querer..." Repitió su mente compungida. Que triste sería no poder ofrecer al universo la oportunidad de demostrarle quién eres de verdad... o al menos quien deseas ser.

En silencio se levantó. Sin decir palabra pasó por delante de su madre con la cabeza baja y ligera como un fantasma, rozó la manga del jersey rojo de marca que su madre vestía con tanto orgullo.
"Nadie me va a respetar... nadie como ella" Volvió a espetar su dignidad herida.

Rabiosa, tomó el autobús que la transportaría hacia las afueras. Necesitaría los brazos de Rubén otra vez.

divendres, 7 de maig del 2010

Querida Felicidad II

Querida Felicidad:

Antes, podría haber dicho que te perdí. No para siempre, pero sí durante una larga temporada indefinida; un periodo agonizante que se te atraganta en la faringe y no te deja respirar. No deja respirar y, ahogado, buscas desesperadamente un poco de aire; agarrar una muesca de oxígeno de la ligera brisa primaveral.

¿Por qué resultará siempre que te invoco está lloviendo? La lluvia no debería ser sinónimo de tristeza ya que de ella se genera la vida. De hecho, a mi personalmente me genera un estado tremendamente melancólico, quizás también un poco lírico, poético. Ahí, secretamente, es dónde tú emerges de todas las cosas: te vuelves viento y frescor para mi piel bendecida por el rubor de la juventud y alimento para mi mente inquieta. ¡Amo esta sensación de compañía perenne que me ofreces! Antes, no estaba preparada para recibirte plenamente, con el corazón abierto a lo que tu me querías mostrar. Éste, receloso, a veces cierra las puertas dudoso y convencido que no debe ser amado pero: ¿Por qué? ¿Es el amor algo frágil y volátil como quiso alguien que creyera? Somos criaturas en el fondo. En el fondo, por el miedo al rechazo, escondemos estas ganas de sentir. Recuerdo en mi infancia la búsqueda de ese amor incondicional y sincero, la aprobación del mayor y ese cálido brillo de ojos: - Tú, sí, tú: eres muy importante para mí. Si, es verdad y no puedo esconderlo durante más tiempo. Te quiero demasiado.

¿He perdido el tiempo imaginando un desconocido amándome con locura? He perdido aún más horas esperando esta dulce premonición. Cerrando los ojos me es posible ser feliz, pero al abrirlos el espejismo no se traduce a la realidad. ¿Es el destino quién me persigue para regalarme mis sueños o al contrario, soy yo la que persigue al porvenir? Ansiada Felicidad, tu eres mi verdadero amor, y sé que como el amante nostálgico, a veces te encierras en tu mundo de delicadas metáforas. Estarías tan ocupada maravillándote de tu imaginación, que sé que te olvidarías de llamarme.

Yo soy tu príncipe, tu eres mi princesa. Debo surcar el mar y atravesar el desierto seco. Adentrarme en el bosque y luego matar al dragón para poder conquistarte y rescatarte de tu largo sueño, de tus bellas metáforas: la hoja que cae mecida por el viento, el rocío de la hierba, la sangre del anochecer... ¿un tembloroso beso de amor bastaría? Querida felicidad, si al abrir los ojos por primera vez me contemplaras con ardor, todo mi interior estaría embelesado eternamente. Sería incapaz de abandonarte. Me volvería hoja, rocío, sangre de cielo. Quiero algo vulnerable que guardar en mi pecho; perdurable y sutil, exento de volatilidad.

Entiendo que tu no te despertarás por mi. Seguirás vagando en tu mundo mágico pero esto para mi no será motivo de lágrimas. Tu lecho es ancho, y tus sábanas de seda. Hará calor. Me desnudaré lentamente y me adentraré en tu cama sin despertarte, sin molestarte: a tu lado. Te besaré levemente en tus labios de nube. Posaré las manos en tu fina cintura y te acariciaré con las yemas de los dedos hasta que me duerma como un niño.

Querida felicidad, ¿me permites que invente junto a ti? eres tu quién realmente me ha rescatado.