Te encontré, después de diez años, o quizás fue al revés. Fuiste tú el que
me distinguiste y me buscaste. Entonces, dejaste señas para que siguiera el
rastro. No sé si tu objetivo es que pareciera que la impulsora fuera yo. No, lo
dudo, aunque quién sabe. Mi llamarada traspasó el cielo y allí estuviste tú, a
tiempo para recorrerlo.
Diez años. Algo quedó pendiente sin cocer, el ingrediente definitivo para
encender la olla del caldo. Siempre ha estado en el fogón, templada, sin
moverse ni hervir, esperando el momento de ser servida, degustada, odiada o
admirada, de ser consumada hasta la última gota. Eso eres tú, el caldero de
hojalata que nunca se llegó a vaciar. Ahí sigues y ahí sigo yo. Te abro la tapa,
cierro los ojos y te huelo. No tienes
mal presagio, me digo. Coge la cuchara de palo, me vuelvo a decir y prueba la
sopa ahora que está a la temperatura adecuada. Sólo un poquito, un mililitro, antes
que se caiga al suelo o empiece a hervir.