Somos carroñeros del rayo. Estamos hechos de materia oscura, es por ello
que cuando vemos luz nos volvemos locos y posesivos. Nos creemos pequeños y
esta pequeñez nos fuerza a destacar. Aquí es donde entra la operación fallida.
Nuestra negrura no puede tragar la llama. Ella es quién deja nuestros
vicios en lugar vulnerable, desnudos como Dios o el Demonio, qué más da, los
trajo al mundo.
Me siento mal ante el robo y me siento mal cuando lo hago yo. Hacemos esto
cuando estamos ciegos y cuando somos ignorantes de nuestro potencial humano.
Quiero la belleza de esa mujer, la inteligencia de mi amigo, la atención que
recibe mi hermano mayor o la sociabilidad de la popular del instituto.
Entonces, viene el momento de inventar defectos ajenos para tapar los
nuestros. Nuestras envidias, nuestra ponzoña. Nos sentimos mal y tomamos
analgésicos de crítica y ya está, solucionado, cuando nuestra enfermedad no ha
hecho más que comenzar. Hay que ser honesto para ser valiente o puede que al
revés. No sé si es importante descubrir si el huevo fue antes que la gallina.
Lo que importa son los hechos, las heridas y el vacío que una llega a dejar
cuando se convierte en vampiro de auras brillantes. Todos lo hemos sido alguna
vez y todos hemos llorado por perder esa estela que nos hacía diferentes,
risueños e inocentes. Es por ello que nos sentimos atraídos por los cuerpos incandescentes como las polillas a una bombilla amarilla,
porque recordamos cuando fuimos el alba y el mediodía. Quedó lejos el momento
de la puesta de sol para nuestra memoria.