dimecres, 6 de març del 2013

El rostro


Y me acuerdo de él hablándome de Lévinas y el rostro.  Tu rostro, el suyo, aquel que nunca jamás conoceré.  Des que lo descubrí, puedo oír sus súplicas de las alturas a las catacumbas del infierno.  Me llora, me súplica socorro. Su voz estridente me llama, me tapa los oídos marchitos de tanto ruido inútil: ¡mírame a los ojos, pequeña! ¿Qué ves? Si, ¿Qué ves? ¿Unos ojos azules, marrones? ¿Piel blanca y reluciente o acaso de azabache profundo? ¿Labios carnosos o escuetos al margen de la voz hiriente? ¿Todo eso ves? ¿Solamente eso? Permíteme decirte mi amado ojo avizor que te equivocas, que has caído en la trampa. Ver sólamente eso es como comerse una naranja con piel. Mírame. No soy hombre. No soy mujer. Soy el infinito ser humano.  ¿Qué vas a hacer conmigo?

Si me dejas morir pereceremos en los laberintos de la historia.