Y me
acuerdo de él hablándome de Lévinas y el rostro. Tu rostro, el suyo, aquel que nunca jamás
conoceré. Des que lo descubrí, puedo oír
sus súplicas de las alturas a las catacumbas del infierno. Me llora, me súplica socorro. Su voz
estridente me llama, me tapa los oídos marchitos de tanto ruido inútil: ¡mírame
a los ojos, pequeña! ¿Qué ves? Si, ¿Qué ves? ¿Unos ojos azules, marrones? ¿Piel
blanca y reluciente o acaso de azabache profundo? ¿Labios carnosos o escuetos al
margen de la voz hiriente? ¿Todo eso ves? ¿Solamente eso? Permíteme decirte mi
amado ojo avizor que te equivocas, que has caído en la trampa. Ver sólamente eso es
como comerse una naranja con piel. Mírame. No soy hombre. No soy mujer. Soy el
infinito ser humano. ¿Qué vas a hacer
conmigo?
Si me dejas morir pereceremos en los laberintos de la historia.