divendres, 14 de desembre del 2012

El viento, la playa

La observaba detenidamente debajo el yelmo pesado de acero. A ella le parecía que fijamente, como si esa lanza ligera aparentemente estrecha y endeble que sujetaba le estuviera atravesando de la planta del pie a su ojo derecho. La pesada puerta de roble gravado se cerró chirriando mientras la muchacha avanzaba hacía su cama. Sentía en la espalda el frío del sudor de la frente de su anónimo protector y el peso de aquella mirada presa de metal y bravura. Resguardada en su alcoba no lo veía, pero su intuición lo vislumbraba. Pesadamente se sentó en la esquina de su lecho, colocó un muslo encima de la rica tela, luego el otro, luego se arregló la falda ahuecada como una flor despeinada mientras sus manos se estremecían, mientras el silencio poseía cada objecto, mientras esos ojos cautivos del óxido seguían mirándola sin mirar-la. Ella quería sin quererlo, quería sentir no querer ser observada, quería pedirle que no lo hiciera, ordenar que cesara de inmediato esa desfachatez. Quiso gozar de lo prohibido: darle la libertad de la vista y castigarle por obedecer.

Un salto de la cama fue suficiente. Al guardián le resultó extraña tal petición de entrometerse en la habitación de su protegida, pero no pecó de dudoso.

- Quítate el yelmo.

El soldado titubeó. La chica tenía el semblante serio, pero un ligero temblor en los labios la delató. Bajo la ancha falda del vestido sus caderas se balanceaban tanto como su dedo índice agarrándose a un mechón.

- Hazlo. Es una orden.

En ese momento dejó de ser vigilante para convertirse en rostro.

- Y ahora, siéntate, guardián.

Uno íntimamente cerca del otro. Ella podía olerle el aliento mientras que el podía distinguir cada pedacito de su piel. El rostro tan íntimamente cercano... algo se ruborizó, y el poder desconocido de la luna hizo llegar la marea a la playa.

Un beso. Fue tan solo un beso y ya la princesa le confesó que eso nunca sería para ella amor.

- No es eso princesa, no es eso- Contestó su guardián.

La brisa reseguía la arena desnuda. Había llegado medianoche y con ella el crepúsculo de la presencia de los espíritus de Dios y del demonio.

- No es eso princesa, no es eso

Al rato la brisa sacudía las dunas. ¡Ay, la arena fina apenas perceptible, tan moldeable, suave y pegajosa! El aire se transforma en viento y con él se desplazan las montañitas a su son, pero la playa del paraíso aún confunde el viento del alma con el viento del creador

- No es eso mi princesa, no es eso

Y el viento, apresurado, bebe la marea. La traga, la sorbe sediento sin piedad queriendo abarcarla toda. Oler su sal hasta saturarse, harto de la tranquilidad eterna del océano. Anhela embravecer le, des amansar le hasta su transformación final: un remolino donde Dios, Satanás y las almas se ahoguen y entonces, sólo quede él y su playa.