Contemplaba la caja de madera oscura, las letras brillantes, las demás tumbas a su alrededor. Ya está, papá, aquí te han metido, en un sarcófago de dos metros, al lado de los demás. Después de tanto sufrir, de tanta carga, ese era el fin. Él se iba, pero Miguel se quedaba allí contemplando un reflejo que ya no está, un agua que había perdido su capacidad de espejo. ¿Quién había ahora al otro lado? Nadie. No estaba el padre terrible que fue ni el papá reformado para salvarle. Entonces... ¿Qué? Un hombre joven a la deriva.
Miguel gastó los aullidos y la lluvia que le quedaban dentro hasta que su interior se ajó por completo. Sus ojos de río no conservaban su color. La arenilla marrón del fondo había emergido seca a la superficie formando un desierto.
Elsa y Miguel. Fragmento. Libro en construcción.
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