El sufrimiento se lleva por dentro y poco a poco va emergiendo al
exterior. Perfora la piel
impermeable. Luego, procede a comerse
nuestra carne cruda, dejando que se pudra a merced del sol y el viento helado
de invierno. El agua no corre al
interior para lavarnos el alma, sino que se desborda por nuestras ventanas
azules, marrones o verdes, dónde el espíritu descubre el mundo de su alrededor. Sucede a veces esto de padecer inundaciones,
uno no debe desesperarse. Toda tormenta
pasa, seguida de un arco iris y de un bello silencio. ¿Será que la paz ya ha llegado? Ni idea. A veces ni yo misma lo sé, aunque no pueda
dejar de preguntármelo constantemente hora tras hora. Un arco iris no regenera el daño, pero sí que
nos ilumina el rostro, enjuaga nuestras lágrimas y esteriliza grácilmente nuestro
lagrimal.
Sientes que no puedes dejarlo. No
puedes abandonar esos terribles pensamientos que te acompañan como fieles
confidentes y amigos. Se sientan a tu
alrededor, y entonces abren todos sus gruesos labios vocalizando
suavemente. Su aliento arde como el
hierro incandescente. Sus palabras son
frías y profundas como sables. Herido, pero
no vencido, experimentas la razonable sensación de sucumbir a sus inquietantes
revelaciones. De pronto, se enlazan a tu
cuerpo y, con esa voz tan inconfundible, te revelan que no hay nadie como tú,
que nadie será capaz de comprenderte.
Esa cordura que a ti te falta, es justo tu condena a la soledad y tu redención
a toda culpa, el perdón a tu mano que lanzó la piedra, en un espacio tiempo
determinado y que, ahora puede que cortarías sin pensarlo. Sin quererlo, algunos quedamos poseídos por
los violentos abrazos y fabulaciones de la mente. Ella fabula, ella maquina implacable, ella es
más fértil que cualquier mujer, creando ese ente que nos come la carne y nos desborda
las ventanas del espíritu. Pero ella no
es Dios, no puede controlarlo todo. En
nuestros huesos fuertes nos aguarda un arco iris. ¿Será esto la paz? Ni idea.
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