Se acercó a la cama, eran casi las seis de la madrugada. Su estrella dorada tenía los ojos cerrados, relajados. Las mejillas soportaban el peso de la cabeza sobre la almohada, haciendo una placentera presión. Su fino cabello lacio graciosamente despeinado se enroscaba entre las sábanas del color del trigo. En silencio, le tomó la mano con cuidado. ¿Como era su niñita tan serena a pesar de su corta edad? Ser capaz de acabar con el mundo cada noche y volver a nacer con la mente en blanco, ¿como es posible? ¿El querer aprender de una criatura de tres años es algo loco? No se veía capaz de enseñarle nada de la vida, porqué ella lo era todo. Su principio y su fin. Amor en estado puro, nada más. Tal sentimiento le hacía entrar en un estado de choque, quizás embriagado por la plenitud. No necesitaba nada más que el calor de su hija abrazándola o simplemente el peso inerte de la mano dentro de la suya mientras dormía. La reconfortaba. Ese era su secreto mejor guardado.
Una calmada expiración rompió el clima sosegado, propio de un templo. La niña abrió los ojos y notó el sutil contacto de una piel un tanto arrugada, pero familiar. Acto seguido estiró ese brazo marcado por el tiempo que custodiaba su diminuta extremidad. Como tirando de un hilo, fue acercándose donde quería: los marcados hombros, el cuello largo, el pecho: El pecho de la mujer se posó delicadamente como una mariposa en una flor, encima del cuerpo de la pequeña. La frente de la adulta chocó contra la almohada, rozando las nariz de la infante, que la contemplaba aún con la mejilla apoyada al almohadón. Un agradable aliento de olor a chocolate impregnó el cuello de la mujer. ¿Que es el amor sino esto; amor indestructible, verdadero... ¿quién sabe el término adecuado? El amor debe vivirse y desistir a explicarse. Es y basta. Nos completa sin nada.
Llena del aroma, no la abrazó: buscó su manita relajada para envolverla entre las suyas para contagiarse de su serenidad. Aprender a amar sin condiciones ni peros: nadie más que ella podía ofrecérselo. Que delicada paradoja: cuando más mayor nos hacemos más explicaciones pedimos al querer. -¿Por qué me amas?- -¡Por que si! Lo buscamos, pero dificilmente lo ofrecemos.
Su hija nunca despertó un día cualquiera a las 6 de la mañana. Contemplarla maravillada y imaginar, eso le bastaba.
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