dissabte, 15 de maig del 2010

Prejuicios

De nuevo se miró extasiada aquel tatuaje que adornada su piel recién teñida. Era una zarza preciosa, repleta de moras gordas y jugosas, como en aquellos dulces tiempos de infancia.

Su cabello rubio resplandecía por los impostores rayos solares reflejados por el barroco espejo colgado torpemente en la pared. Nadie había de descubrir su secreto; nadie excepto Rubén y Clara o simplemente quién tuviese ansias de conocerla a fondo sin prejuicios ni normas.

Sus ojos chocolate se olvidaron de la realidad. Por un instante ella dejó de estar ahí. Se encontraba de golpe en otro lugar exótico. Grande, de baldosas negras y transparentes, frías como el mismísimo hielo. Por contraste, la piel sutilmente dorada prepararía unas perlas de sudor, pero nunca llegaría a descubrirlas al mundo. El ambiente, así de cargado, olería a sándalo y quizás también a alguna otra flor pequeña, pero de fragancia poderosa.

Entonces, un rayo repentino la despertó de su sueño. Algo, había impactado contra su mejilla, arrastrándola hacía la roída sábana que tanto apestaba a gato. Súbitamente, un chillido agudo rasgo el aire como lo hace un cuchillo en la carne.

-¿Qué te has hecho? Mira que te lo he prohibido y tu ni caso. Nadie te va a querer así. Nadie te va a respetar con semejante cosa en la piel-

Ella, miró a su madre aturdida, sin comprender el por qué.

"nadie me va a querer..." Repitió su mente compungida. Que triste sería no poder ofrecer al universo la oportunidad de demostrarle quién eres de verdad... o al menos quien deseas ser.

En silencio se levantó. Sin decir palabra pasó por delante de su madre con la cabeza baja y ligera como un fantasma, rozó la manga del jersey rojo de marca que su madre vestía con tanto orgullo.
"Nadie me va a respetar... nadie como ella" Volvió a espetar su dignidad herida.

Rabiosa, tomó el autobús que la transportaría hacia las afueras. Necesitaría los brazos de Rubén otra vez.

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