Quiero mirar bien tu rostro. Déjame verlo, por favor. Pareces alguien perfecto, alguien lineal y puro como el cielo azul sin nubes o como el amarillo violento de una margarita que suplica libertad a la maceta que la apresa en algún balcón olvidado. Quiero mirar bien tu alma mutable y juguetona, enigmática e infinita. ¿Cuántas posibilidades caben para llegar a ti? Podría sentarme y divagar, contemplar los colores que componen tu personalidad, ordenarlos y escamparlos encima las losas frías de ese suelo que frecuentábamos tantas veces cuando éramos unas crías. En esa época inocente jugábamos, entrelazábamos dos mundos separados con dos simples muñecas, con un vasito candoroso de plástico o cantando canciones de un viejo casette. ¡Quién me lo iba a decir que hoy estaría en juego nada menos que tu personalidad!
Somos mucho peor que un puzle inacabado, y tú eres mi mejor ejemplo. Cuentan que eres como un cubo de rubik: multicolor como un mosaico, pero también cuadriculada y compacta. Ansío comprenderte, no hay otro anhelo que me urja tanto como este. Cuando creo que ya te vislumbro, cuando por fin creo llegar al análisis final de por qué esa fogosidad, y de repente por qué ese silencio, noto que algo se mueve, y todo recobra otro sentido. Una mano que desconozco ha desordenado tu tonalidad inamovible para mí. De nada servirá que mis dedos toquen tu rojiza amapola, tu verde flúor, ese blanco tuyo cegador. Que te voltee una y otra vez con mis actos, mis preguntas, mi intento de conversación para intentar recomponerte, y hallar la paz entre el caos. ¿Es que existe otra de tus mil caras que nunca te has atrevido a mostrarme, amor? Tómate tu tiempo, seré paciente. ¿Lo adivinas? El monocroma nunca ha sido mi objetivo, ni tampoco la fórmula de la victoria. No me agobiaré por ello. En este juego de normas etéreas el título de perdedor no existe. Has de entender que no pretendo ganar, si lo intentara sería como probar de sentir rugosidad del viento.
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