Escribir para acallar la enfermedad. Escribir para morir. Escribir para seguir pudriéndote pero en la sofisticada línea de seguir manteniendo esa podredumbre creativa que te mata poca a poco pero que te da el don de la expresión y las quimeras fatalistas (¿Bellas? ¿Buenas? ¿Interesantes?)
¿Escribir es una anestesia para los neuróticos? ¿Qué persona renunciaría a un buen psiquiatra para aprender a gargotear con melancolía? Eso sería propio de un suicida emocional o un calculador oscuro, que teme como un desgraciado perder su talento como el amado desesperado retiene a la amante desnuda rodeándole el pecho tibio recién mancillado.
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