Cenicienta se va al baile. Sus zapatitos son blancos y brillantes como su alma de diamante extraordinariamente tallada y pulida por la madre naturaleza. Ella camina sola, dulce criatura que busca a su príncipe azul, negro, calabaza… ¡Qué más da! Su mirada es ingenua, rozando ese concepto naif que tanto me gusta. Esos taconazos finos resuenan con delicadeza por el suelo tallado de mármol. Van tranquilos y seguros. Curiosean esperando, pero al mismo tiempo sin saber siquiera que aguardan.
Él mira embelesado la gentil doncella. Cenicienta no es preciosa por parecerse a Taylor Swift o Carla Schiffer. Ella tiene una mirada perdida. Sonríe de escondidas y tiembla como un brote fresco al rozarla con los dedos. Es algo más que una boca ruborizada por un beso y unos ojos pintados con un pincel de noche. No lo sabe, pero lo intuye, intuye que aquella joven aparentemente como las demás (¡Ay cuantas muchachas existen tanto o más bellas que ella!) esconde un secreto, que él y sólo él podría desentrañar. Un secreto de una mujer frágil que una vez mancillado lo transformaría a él también. Esa fragilidad que los volvería a ambos invencibles. Pero ¡oh! ¡Marchita ilusión cuando a las 00.00 el embrujo se rompe! El quería ser frágil, él deseaba romperse en pedazos para ella, él se metamorfosearía en cristal cortante. La perdió de repente y solo le quedaron cientos de ojos sensuales y viciosos que desgarraría sin piedad.
Por eso yo te entiendo cuando salto de tu cama. Cenicienta se ha marchado y no como la del cuento, la tuya no volverá. La noche que nos conocimos mis zapatos eran rojos como sus labios ruborizados. Mis ojos, algo verdes, inocentes y lascivos al mismo tiempo, y mi pelo, que no dejas de tirar con fuerza, tu canalizador de fuerza y dominación. No lo supe cuando te vi, lo adiviné cuando te besaba, justo a tiempo para no pisar tus cristales esparcidos por doquier. Mi apuesto príncipe, esta noche volveré a ser tu falsa princesa hasta que el hechizo del mediodía apague nuestra momentánea fantasía.
Sublim. :)
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