Hay una bella mujer. Una bella mujer que, sentada cada mañana encima de su preciosa colcha, peina sus dulces cabellos de oro enfrente del típico espejo reflector del amado y la cama, y todo eso de más allá.
Peina sus perversos cabellos de oro a la luz de la luna de plata. Aún es de noche. En el estómago nocturno los perros aúllan rebuscando entre la basura. Ella preciosa busca en su interior de diamante. Solamente intuye espejos limpios. Eso, y oscuridad. Ese mundo diabólico traspasa su cabeza como una bala invisible a toda velocidad que no te hace sangrar. Que no te hace pudrir. Que no te hace llorar.
Algo desaparece.
Ella mortecina encuentra en la fachada de su amante un semblante fulguroso. Sus brazos inconscientes se extienden, como entrelazando ese afecto hecho de calor humano. Ese pecho ladeado, esas piernas mezcladas con las arrugas pesadas de las sábanas de la basta sabana marital: Ese bicho distante contento, ese pulpo de ocho patas que sonríe ante el tierno y remoto calor, nunca ha sentido humedad en los huesos de una caricia.
Y de repente, Ella recuerda. Recuerda que fue águila, que fue delfín, que fue león y cocodrilo.
Cepilla sus cabellos que huelen a sabana. A salado. Sus espejos diamantados no pueden oler no, pero lentamente se entelan de sudor al penetrarse con la mañana. Ella se zambulle con el alba en su propia noche.
Y de repente, olvida.
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