Nada que decir es algo anormal.
A veces, una desearía limpiarse de los pecados como nos quitamos la roña del cuerpo: bajo el mango de la ducha.
A veces, una necesita sentir que es fuerte, que domina tanto su alrededor que es capaz de controlar su realidad hasta límites insospechados: que tirando de esfuerzo y tesón es capaz de cumplir con eso de ser una compañera ideal, una hija ejemplar, una amiga modélica, la pareja perfecta y así millares de etiquetas que usamos para no perdernos en el confuso poliedro que compone nuestra identidad.
Por mucho que lo intente no soy un cubo, un cilindro o un triangulo isósceles de cinco caras. Tengo una forma más bien de patata con aristas torcidas y resquebrajadas por la contradicción y sus violencias. Quiero ser uno de ellos, tan solo uno, aunque fuese una figura geométrica coja. Limando los pecados con paciencia puede que salga bien, que salga bien, que salga bien... si no, aun puedo meterme bajo la ducha y dejar que el agua pueda correr. Allí puedes disimular tu flaqueza; ni tu mismo eres capaz de sentir las lágrimas recorriendo las mejillas bajo el indulto de esa lluvia artificial. El líquido se lo lleva todo, todo, todo menos esa sensación de querer pulir, de seguir limando sin fuerza.
Així et fas entendre molt bé
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