No respiras, el aliento atraca en los pulmones, consciente que no quiere y ni puede salir. Se amontona y se concentra en la salida, pero no puede liberarse porque tu no le dejas, porqué tu piensas es eso, y eso, justo eso, te reconcome como el mueble recién acabado devorado por las termitas.
Recuerdas ese sufrimiento y por un minuto te poseé como lo hacen los espíritus demoníacos a las almas inocentes. El subconsciente aguarda tanto o mucho más dolor del que imaginamos. Pero abandonarse a él no es todo lo que vale, todo lo que existe, hay alternativas más allá aunque nuestra pobre vista no las advierta.
Te sientes normal, hasta algo especial pensando en aquellas termitas que te destrozan como si fueras algo insignificante y lejano cuando, de golpe y porrazo, te preguntas si serías capaz de perdonar, si serías capaz de mirarle enteramente y reconciliarte con ese sufrimiento, esa soledad, esa fractura que cambió tu mundo. Mirar atrás rompe los hilos mal cosidos de las heridas que creías cicatrizadas. Eso evidencia la putrefacción de tu carne y el hedor que queda en el poso. El perdón podría ser algo parecido a un potente antiséptico que limpia tanto las recientes heridas como las más viejas, a medio camino de la podredumbre, que supuran pus maloliente, pero para ello hay que cortar y remover, oler el movimiento, sentir el desgarre, sufrirlo. Limpiar, vendar, reposar, esperar. ¿Te ves capaz de perdonar?
No deixis mai d'escriure.
ResponElimina