dijous, 28 de febrer del 2013

Sin nacer


Llevo días pensando en ti, pero aún no entiendo del todo porqué, así como tampoco acabo de comprender que es lo que pretendo decirte.  Recuerdo esa época breve.  Fue bella, pero también frágil, tal y como una preciosa y delicada doncella de piel pálida, casi tan pálida como la mortal porcelana china.  ¿Qué me amaste? Lo ignoro la verdad, pero algo me hace intuir que sí, que un poquito de nada, pero lo suficiente para desear más que lo que soy por fuera, sino el alma.

¡El corazón humano es tan sumamente avaro y egoísta! Ansiamos a que nos amen como a nadie, a ser los primeros en despertar sentimientos especiales a los demás, a luchar contra el olvido del corazón ajeno… pero, al mismo tiempo, somos nosotros quienes nos olvidamos de hacerlo, de luchar hasta el final, de entregarnos sin miedo.  Puede que sea eso, que sea este miedo el que nos hace tender a querer acumular almas que nos deseen: miedo a que rechacen nuestro afecto sincero. He oído más de una vez que quién siente menos es quién manda. Pienso que es el más desgraciado, porque nunca podrá llegar a experimentar el amor de fondo, el amor de ambiente que emana de cada color de nuestros rincones escondidos.

Puede que yo también peque un poco del mismo patrón egoísta. Me cuesta amar, tanto como le cuesta a tantas otras personas; quiero pensar que una vez llegue, seré capaz de dar, dar y dar sin cesar mis sentimientos, tan claros como el amor puro en sí mismo, el que llamamos de verdad.  Mientras tanto no puedo responder ni corresponder, entiéndeme.  No pudiste traspasar el hierro, cruzar el río sin respirar.  Algo murió antes de nacer, la exhalación nunca dada del bebé en el vientre, el infante que nunca llegó a ver la luz.

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