De lejos se oye un grito. Piensas que no eres
tú pero… de nuevo, es el silencio que te confunde. Oyes sordamente chillar a tu
garganta dentro de tu garganta, notas las lágrimas en el canal de riego del
nervio óptico, el cual las transportará obedientemente a tu cerebro
carbonizado. Sabes que por mucho que
riegues la planta está muerta y si no lo está también puede que perezca
ahogada por negligencia. Esas vísceras siguen coleteando como el pez dentro de
las redes condenatorias de un pescador experto, a su merced. Tal calma en el
ambiente nocturno permitiría a los témpanos de cualquier intruso de oír tales
crujidos tan semejantes a las burbujitas de plástico que pequeños y mayores revientan
por placer o distracción. El intruso, en este caso, no existe ni existirá.
Estás tú. Está él. Nadie más al alcance
de la vista, las ondas sonoras de un hipotético salvador no logran alcanzar tú
aerodinámica y astuta oreja... Claro, ese superhéroe sobrevive a base de papel
pintado de algún imaginario poderoso o de una polvorienta cinta de película.
Hace tiempo un brujo te musitó que para
ahuyentar a los monstruos debías cerrar los ojos, arroparte la sábana hasta la
puntita de la nariz y darte la vuelta; dispuesto a no mirarle, a ignorar su
presencia inalterable. Sujetando su
bastón de sabio, añadió que los intestinos dejarían de sufrir, que el cerebro
resurgiría de sus cenizas y que el nervio óptico dejaría de sangrar lágrimas
pero… todo tiene su precio. Por ese entonces te alegraste confiado de que conocer
una solución tan sencilla y rápida te ayudaría a soportarlo todo, a amputar el
sufrimiento de tu cuerpo. Años después, cuando
contemplaste por primerísima vez el semblante demoníaco, te diste cuenta que no
podrías escapar, que no serías capaz de darte la vuelta y dormir el alma
mientras que esos cuernos te apuntasen. Esperas.
Extrañamente valiente. Mirándole el profundo de sus ojos.
Él entonces, sonríe.
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