dijous, 30 de març del 2017

El fruto y los pájaros

Cuando entregas amas. Es la única manera y es como te encontré a ti. Es un acto tremendo y natural, al alcance de todos, independiente de nuestras características personales. Cuando entregas lo que tienes, quieres. Cuando entregas lo que eres, amas. No se trata de simpatía, eso es la corteza superficial, no me apetece. Pélala cuando se trate de mí.

Me interesa tu jugo, beber de nuestro zumo combinado de forma mágica.  Dos naranjas no saben igual. Si acaparas para ti solo, cuando te corten por la mitad y muestres sin pudores, los gajos estarán secos por falta de drenaje. Además de cítrico, también eres el fuego del sol y el otro la clorofila del árbol de la vida. Si, tú también mi clorofila y mi vida. Tú, Pepita, tú, José, tú, hijo o hija de Margarita. El tú universal que tiene nombre, pero que no lo necesita demasiadas veces.

Te amé cuando aceptaste mi pulpa en tu paladar sin protestas y saboreaste mis notas más amargas. Fui tuya y recóndita con sabor y textura. Te ilusionaste por mi cuando todavía era flor o incluso antes, un capullo. ¿Llegaste a oler la fragancia a azahar condensada ahí dentro? Me amabas ya, porque creías que podría regalar llegado el momento y que en nuestro invierno expectante de primavera podríamos jugar mientras crecía el fruto. Cada vez pesaba más y más, y se mostraba y se daba para que los pájaros picotearan mi carne para alimentar su espíritu y se nutriera con mis vitaminas. Dar y más dar a esas nobles criaturas, pero si vamos más allá ellos nos ofrecen también. Nos brindan el calor del pellizco de su pico al comer y la frescura del batir de alas cuando se posan sobre nosotros para contemplarnos. Cogen todos nuestros obsequios hasta el fin y el principio, la semilla que en un acto de deliberado olvido depositarán en algún lugar distinto.


Entonces, un bello milagro germinará, y podremos volver a otorgar y podremos volver a alimentar al mundo. 

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada