Cuando entregas amas. Es la única manera y es como te encontré a ti. Es un
acto tremendo y natural, al alcance de todos, independiente de nuestras
características personales. Cuando entregas lo que tienes, quieres. Cuando entregas
lo que eres, amas. No se trata de simpatía, eso es la corteza superficial, no
me apetece. Pélala cuando se trate de mí.
Me interesa tu jugo, beber de nuestro zumo combinado de forma mágica. Dos naranjas no saben igual. Si acaparas para ti
solo, cuando te corten por la mitad y muestres sin pudores, los gajos estarán
secos por falta de drenaje. Además de cítrico, también eres el fuego del sol y
el otro la clorofila del árbol de la vida. Si, tú también mi clorofila y mi
vida. Tú, Pepita, tú, José, tú, hijo o hija de Margarita. El tú universal que
tiene nombre, pero que no lo necesita demasiadas veces.
Te amé cuando aceptaste mi pulpa en tu paladar sin protestas y saboreaste
mis notas más amargas. Fui tuya y recóndita con sabor y textura. Te ilusionaste
por mi cuando todavía era flor o incluso antes, un capullo. ¿Llegaste a oler la
fragancia a azahar condensada ahí dentro? Me amabas ya, porque creías que podría
regalar llegado el momento y que en nuestro invierno expectante de primavera podríamos
jugar mientras crecía el fruto. Cada vez pesaba más y más, y se mostraba y se daba
para que los pájaros picotearan mi carne para alimentar su espíritu y se nutriera con mis vitaminas. Dar y más dar a esas nobles criaturas, pero si vamos más allá
ellos nos ofrecen también. Nos brindan el calor del pellizco de su pico al
comer y la frescura del batir de alas cuando se posan sobre nosotros para
contemplarnos. Cogen todos nuestros obsequios hasta el fin y el principio, la
semilla que en un acto de deliberado olvido depositarán en algún lugar distinto.
Entonces, un bello milagro germinará, y podremos volver a otorgar y
podremos volver a alimentar al mundo.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada