Quiero ser una puta. Quiero
ser una puta y que me critiques por vestir más corta de lo que tu lívido es
capaz de controlar. Quiero ser una puta bien sexual para observar tu obsesión
de dominarme y de examinar mi piel sin piel tejida, sin aditivos. Quiero ser
una puta sin ser tu puta, una puta libre que te follas con tu moral de cárcel,
tu moral hipócrita que me exige lo que debiera mientras tu miembro se eleva.
Eso, querido mío, te da miedo, no te engañes. Tu propio miembro erecto te
asusta. ¿Es que no te dominas y por eso es mi obligación hacerlo yo? La injusticia
de la hipocresía asoma en cada muslo que acosas con tus falacias. Quiero ser
una puta y hacerte sufrir, poner en evidencia tus mandamientos de falso santo y
profeta.
Quiero ser una puta
para ganarme tu respeto. Si, así, ganar tu respeto. Que me mires como una mujer
que además de follar y enseñar las bragas, también sabe pensar. Así, todo a la
vez. Entonces, que después que me forniques con los ojos, con tu lenguaje
obsceno o incluso con tu miembro viril, puedas reflejarte en mi muesca de ser
humano entre sudores y curvas peligrosas y puedas vislumbrarte a ti: una
personita que se siente insignificante y avergonzada de sí misma hasta el fondo.
Tanto, tanto te repugnas que aborreces una piel tersa o un atrevimiento
travieso de exhibicionismo infantil sin corrupción real. Déjame a mí, permíteme
ruborizarte. Quiero ser una puta y plantarme ante ti para que dejes de
culpabilizarte y podamos admirarnos, juntos.
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