La serpiente no era mala, solo debía mudar su piel, desprenderse de esa
costra mortecina y centellear como una salamandra escurridiza en el agua.
Mostrar sus bellas escamas rojas llenas de ponzoña.
Porque es bonita a la vista, pero no la podemos tocar. La serpiente nueva
atesora su libertad y nobleza desde las glándulas hasta la mandíbula. Quien la
importuna o la asusta sufre las consecuencias hasta el final.
Brilla, todo el mundo la mira, pero nadie osa atraparla, domesticarla.
Quizás la querrán matar, pero nadie me negará los riesgos que conlleva meterse
con ella.
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