Duerme, come, respira, ama, piensa… eso, piensa un poquito. Repasa de arriba abajo esa vida que
cualificas como tuya. Ponla del revés y
disecciónala como haría un cirujano experimentado. Examina cada uno de sus órganos, siéntelos de
tu propiedad advirtiendo que en el fondo viven autónomos sin que puedas
controlarlos. Padres, madres, amigos:
ramificaciones que se unen a y por ti, un cabo más de la telaraña global que es el
mundo real.
Puede que tengas una familia divina
y un gran amor y que eso fluya en tu interior como un manantial subterráneo, que
lo hayas conseguido apostando por luchar o por comprar una tupida cortina de
tierno color pastel, y que eso te haga feliz. Si, puede que sí, y que ese júbilo que
experimentas te arrastre a mostrarlo a aquellos que erróneamente denominas “tuyos”. A reír, llorar y por qué no, también a
enfadarse. Nuestra condena y nuestro
alivio: compartir, un paraíso refinado y un poco diabólico.
Puede que algún día solitario mientras camines hacía tu casa, o estés
montado en un tren o autobús sientas de golpe como se abre una discreta brecha
en tu interior. ¿De qué se trata? Tranquilo,
puedes ignorarla y seguir existiendo, no pasa nada. Puedes optar por contemplarla mientras la acaricias
con los dedos mustios. Seguro que ya la
tenías antes de que la descubrieras. Si
lo deseas piensa en ella vehementemente ¿no notas como duele? Si, es la angustia,
ese monstruo que te devora con sus agudos dientes, la incertidumbre. Desespérate buscando un origen, un nombre,
una cara. Enfurécete lleno de rebeldía o
abandónate a él. Yo quise romperla con
la maza de piedra. Lo que encontré fue una
estancia oscura y vacía.
Creo que ya la tenía cuando nací: esa oscuridad, esa habitación cerrada,
ese aplastante silencio. De nada sirve
sentarme y llorar, pero a veces me dejo llevar.
Penetro en ella, me siento en su centro, encima las baldosas y escucho. Es rígida y dictatorial, no me permite
vestirla de luz, cubrirla de colores y regalarle una mesilla o un sofá. Me cierra la boca como la presión de una grapadora
a sus víctimas de papel. Tampoco me habla. Su silencio me chilla aprende.
Quería comprender, anhelaba conocer lo que estaba pasando y aun no lo sé. Creo adivinar que hay una alcoba parecida en
ti que también te hace sentir lo mismo; Ese querer impotente de llenar, soñar, y
pintar realidades que nunca se realizarán.
Da igual lo que decidas, no importa que puedas hacer, porque por mucho que
decores el alma siempre encontrarás esa habitación vacía. Será que el universo, ese sobrio espacio callado,
negruzco y universal decidió penetrar en el hombre y mostrarle la verdadera soledad. ¿Podría el vacío
cósmico hacer del incompleto un hombre sabio?.
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