dilluns, 20 de febrer del 2012

El vacío cósmico


Duerme, come, respira, ama, piensa… eso, piensa un poquito.  Repasa de arriba abajo esa vida que cualificas como tuya.  Ponla del revés y disecciónala como haría un cirujano experimentado.  Examina cada uno de sus órganos, siéntelos de tu propiedad advirtiendo que en el fondo viven autónomos sin que puedas controlarlos.  Padres, madres, amigos: ramificaciones que se unen a y por ti, un cabo más de la telaraña global que es el mundo real. 
 Puede que tengas una familia divina y un gran amor y que eso fluya en tu interior como un manantial subterráneo, que lo hayas conseguido apostando por luchar o por comprar una tupida cortina de tierno color pastel, y que eso te haga feliz.  Si, puede que sí, y que ese júbilo que experimentas te arrastre a mostrarlo a aquellos que erróneamente denominas “tuyos”.  A reír, llorar y por qué no, también a enfadarse.  Nuestra condena y nuestro alivio: compartir, un paraíso refinado y un poco diabólico.
Puede que algún día solitario mientras camines hacía tu casa, o estés montado en un tren o autobús sientas de golpe como se abre una discreta brecha en tu interior.  ¿De qué se trata? Tranquilo, puedes ignorarla y seguir existiendo, no pasa nada.  Puedes optar por contemplarla mientras la acaricias con los dedos mustios.  Seguro que ya la tenías antes de que la descubrieras.  Si lo deseas piensa en ella vehementemente ¿no notas como duele? Si, es la angustia, ese monstruo que te devora con sus agudos dientes, la incertidumbre.  Desespérate buscando un origen, un nombre, una cara.  Enfurécete lleno de rebeldía o abandónate a él.  Yo quise romperla con la maza de piedra.  Lo que encontré fue una estancia oscura y vacía.
Creo que ya la tenía cuando nací: esa oscuridad, esa habitación cerrada, ese aplastante silencio.  De nada sirve sentarme y llorar, pero a veces me dejo llevar.  Penetro en ella, me siento en su centro, encima las baldosas y escucho.  Es rígida y dictatorial, no me permite vestirla de luz, cubrirla de colores y regalarle una mesilla o un sofá.  Me cierra la boca como la presión de una grapadora a sus víctimas de papel.  Tampoco me habla.  Su silencio me chilla aprende.
Quería comprender, anhelaba conocer lo que estaba pasando y aun no lo sé.  Creo adivinar que hay una alcoba parecida en ti que también te hace sentir lo mismo; Ese querer impotente de llenar, soñar, y pintar realidades que nunca se realizarán.  Da igual lo que decidas, no importa que puedas hacer, porque por mucho que decores el alma siempre encontrarás esa habitación vacía.  Será que el universo, ese sobrio espacio callado, negruzco y universal decidió penetrar en el hombre y mostrarle la verdadera soledad. ¿Podría el vacío cósmico hacer del incompleto un hombre sabio?.  

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