Hoy en mi vida ha nacido una flor amarilla o dorada, como yo la llamaría. Tan dorada como el mismísimo sol de invierno. El ambiente del aire es frío, pero así su calidez se triplica tanto como una caricia discreta en los momentos públicos de amargura. Es una flor sencilla y bella que aprecio con todo mi corazón porque siempre he deseado en secreto ser como ella: radiante, ufana y especial sin contar con el opulento orgullo de la rosa o de la orquídea.
Mira y
mirará al sol sin cegarse. No está loca por contemplarlo directamente al
núcleo; sabe que lo necesita más que el oxígeno, que la verde clorofila.
La luz es su razón y su amante más secreta. Su centro y esos pétalos
simples de margarita persiguen entrelazarla para sentirla profundamente.
Persigue una ambición: ser astro también por su cuenta. No para inflarse
y deslumbrar, sino para llegar a él, ser su igual y consumar el amor imposible
que la hace crecer alta y fuerte. Ansia un tallo alto para rozarle
tiernamente. Conoce tanto la abundancia como la miseria de la
tierra. Ha sentido la nada dentro de su capullo justo antes de
desperezarse y nacer, vivir es algo vertiginoso e intenso. Está
asustada, lo sabe, pero no teme al temor, es justo eso lo que la hace fuerte y
noble.
Ella
entiende que la muerte la acecha como un amante obsesivo, que desea poseerla
para siempre como si fuera casi un objeto pero, fiel al sentido de la vida que
sus sentidos le han configurado, sigue avanzando en su misión secreta.
Esta sola, y siempre lo estará. Nadie persigue ni consigue una ilusión
idéntica por suerte o por desgracia: nuestra suerte, nuestro camino y todo lo
que sepamos recoger de él será lo que tengamos.
Lejos de
dejarse apresar por la melancolía o de penetrar en su habitación vacía, ella
busca alguna mecha de calidez para alimentar su propia existencia. No es tarea fácil, ya lo sabemos. Conversa con el lirio, discute con el roble,
filosofa con el pequeño y avispado jazmín y hace el amor con el río. Parece risueña. Pero la saba que la nutre por dentro podría
estar envenenada por… quién sabe el qué ¡Somos tan débiles y entregados a la
infelicidad! Parece que el sufrimiento resignado nos proporcione esa catarsis extraordinaria
a las tragedias universales, que la corriente nos arrastre y nos convierta en héroes
desterrados, mártires indignos de la gloria, atractivos y fatales ángeles
caídos de los cielos ¡qué más da! Ellos viven en nuestra mente batallando
durante toda la eternidad, pero eso no significa que seamos como ellos ni que
debamos serlo nunca. La flor no es
perfecta, y lo sabe, conoce a Hércules y a San Pedro y los ha tratado con
cariño, pero no desea su amistad. Cuando
cae la noche y su amante huye de la solitaria luna ese corrillo de hombres
extraordinarios conspiran contra ella, que soporta con paciencia de madre esas
jugadas inútiles hasta que vuelva a llegar su amado rayo de sol.
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