Hoy me siento obligada a hablar de mí.
Me siento un poco extraña de hablarte directamente a ti, lector, seas
quien seas, de verdad. No puedo ni tengo
la intención de juzgarte como persona ni como animal pensante. Pretendo hablarte, hacerte una confidencia que
puede que te parezca absurda, nada más. No
me importa que me juzgues, te dejaré mirar un poco la bañera donde concibo mis teorías
y quimeras porque este es mi deseo, a poco más puedo aspirar.
Hace tiempo que intento escribir un texto.
Poner una sola idea en el papel, pero ésta se me escapaba de las manos hábilmente
como el agua. Empezaba tirando del hilo de
la fabulación pero éste me llevaba sin remedio hacía otros paraderos sin la posibilidad
de dar vuelta atrás. Me consuela pensar
que mis trozos de palabras intuitivamente encadenadas en este blog tienen vida
propia y su identidad es mi guía, mi vehículo.
Yo soy en cierto modo una madre, pero no su creadora al 100%
Ocurrió hace días, semanas, pocos meses.
Cosas horrorosas nos suceden continuamente, pero los rayos de sol están aquí
tanto de día como de noche aunque no consigamos verlos o notar su calor. No sé exactamente cómo ni por qué, pero creo
que ahora miro diferente, hay algo que me empuja a observar con otro cristal. A veces, en silencio, de camino a clase o
corriendo hacia el trabajo me viene a la cabeza algo por lo que sonreír. No me contengo, lo hago, sola o acompañada, sean
conocidos o no. Los motivos no tienen
por qué ser de efervescente alegría: una llamada, un café, un gesto. Puede que sea porque mi perra se ha dejado
abrazar, o como hoy, que mi pequeño girasol enfermo se vaya recuperando a paso paciente
pero seguro. Sólo con eso, eso me basta
para comprobar las pocas cosas que necesito para ser feliz. Cosas sencillas y graves, que a pequeños
pasos pueden parecer sin un valor excesivo, pero a grandes dan sentido a
nuestra existencia. Poca gente nos
quiere de verdad, pero este sentimiento tan extraordinario es la fuerza que nos
mueve. Este motivo me basta para continuar
avanzando entre las rosas a pesar del riesgo y miedo que conllevan las afiladas
espinas.
Entonces, en alguno de esos momentos grises, esos instantes que tenemos
todos en los que nuestra vida se vuelve como una película antigua en blanco y
negro (pero sin interés), intento reanimar la esperanza, esa vieja amiga mía. Sí, me cuesta un esfuerzo, eso no lo negaré
nunca. He llorado cómo tú, lector, tantas veces… pero el universo no me ha dado
la vida para manchar la tierra de llanto, sino para amarla: Su naturaleza, su
asfalto, su gente, su cielo y las preciosas estrellas que lo manchan. La pantalla que tienes enfrente, no tiene vida,
pero existe. Gente como tú que se
despierta cada mañana, que quizás tiene hijos, que puede que ame u odie, la ha fabricado. No estamos solos. ¿Y amar el campo, que no lo ha fabricado
nadie? Quizás me preguntes… entonces te contestaré que palpita a ritmo
diferente, pero ahí está, conviviendo con nosotros, esperando a que nuestros pies
vestidos o descalzos lo pisen. ¿Y los astros,
que no forman parte de la tierra? A mi me
gustaría mirarlos un día en plena oscuridad fuera de la ciudad y dejarme atraer
por su magnetismo misterioso, sentir la plenitud y los enigmas del cosmos
encima de la cabeza. Él es quien todo lo
mueve con su silencio insondable, quien abraza la tierra y le da autonomía para
crear. El etéreo infinito universo nos
ha dado la oportunidad de existir como los árboles, la lluvia, el mar, mi
grapadora o los platos de mi cocina, y luego, el regalo de vivir. A su vez, nosotros
también podemos crear textos, objetos incluso relaciones y sentimientos. No lo notamos, pero el cosmos nos acompañará
toda nuestra vida discretamente. Su chispa nos mantiene vivos y unidos, por el
mero hecho de existir. Discútemelo si
quieres amigo lector, pero a mi estas hondas sensaciones me reconfortan. Sucedió que decidí llamarlo así: El optimismo
cósmico.
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