Recuerdo el momento que me miraste por última vez. Eran las nueve de la mañana. Fue algo bello y escalofriante que evoco en mis
momentos de íntima soledad, una píldora de dulce masoquismo que de tanto en
tanto me doy el gozo de tomar. Aquello, aquello que hiciste duele como
una espina de metal, como esa arma perfecta de los dioses hecha de orfebrería entre
plateada y dorada. Mi carne pero, se ha
vuelto más dura que las suelas de unas botas macizas, así que lo que me llega es un eco sordo de aquello que titularía sufrimiento. El odio es algo que usamos como protección,
pero contigo no me sirve. Lo he probado
de tantas maneras… Él no puede protegerme de ti. No es fuerte, no es suficiente.
Te busco entre la gente, a veces.
Otras, solamente te imagino y cuando eso pasa aun los latidos, esclavos de
ti, se paran. ¡Cuántas cosas pasarían por
mi mente si tropezase con tus ojos glaciales!
Esa última mirada tuya clavada.
Última. ¿Intensa, sincera? No. Segura. Indiferente.
Eso es todo. Te miro, pero no veo
quién eres. Veo ese tu dentro de mí, ese
tu que no existe en otro lugar que en mi interior. Ese tú sin claroscuros, con cuentos y sueños
que contarme. Ese tú imposible que anhelaría
hacer brotar. Te abrazaría bien fuerte,
pero no sería a ti a quien anhelaría recuperar. Ahora entiendo, no puedo luchar contra tu sombra. Ahora y siempre sin odio, sin rencor.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada