Erase una vez una mujer mayor en su lecho de muerte. Su mano es fría y débil. Señala el televisor a su hijo, nieto o cuidador, poco importa. El aparato, de la calidad de la X cola, revela
como una mujer de pecho blandi blup como una
medusa y de dimensiones irreales sumerge una larga lengua en los dientes de
un mutante hombre botijo. Sin vergüenza
alguna, la vieja afirma que le entusiasma Gran Hermano y que sigue su treintava
edición una vez más después de hace más de seis años.
Su joven caballero, aparte de escucharla con cortesía, le trae revistas
repletas del adictivo manjar de la frivolidad.
Ella da las gracias mientras las ojea con todo el fervor que es capaz. Se siente en su ambiente. Las famosas se hacen viejas, como ella. Su piel también se descompone llena o no de
botox, y a veces, aunque dispongan de mucho, mucho y mucho dinero, también se
equivocan a la hora de gastarlo. Estupendas
grandes mansiones y fabulosos viajes.
Alcohol, fiestas y bailes con personalidades ortopédicas hasta el
amanecer. Suspira y se entristece; no
entiende por qué esa vida no le ha tocado a ella. La revisa, la encuentra vieja y oxidada,
aborreciblemente convencional. Es
mediocre casarse tener hijos y ese trabajo a jornada partida. ¿Quién se resistiría a ser Paris Hilton por
un día y experimentar una vida tan intensa como la suya?
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