dimecres, 18 d’abril del 2012

¿Qué es un hombre?




Esta noche hay un hombre intranquilo.  Nervioso se levanta y camina, recorre de arriba abajo el camino que lo lleva a la colina escarpada donde contempla el paisaje calmado y las estrellas caprichosas.  La hierba le cosquillea la piel que une el solitario dedo gordo con los demás.  Larga y tierna, quiere mantenerse cerca de ese ser, pero sin ser pisoteada.  Su verde oscuro es el protagonista de la tarde y parte del anochecer.  No puede mirar hacia adelante, le pesa el alma, se ha vuelto solida como el plomo que se añade al peso de la propia cabeza.  Sus ojos están entreabiertos, apestan a dolor y miseria, quieren volar, pero temen la raya irregular al otro lado del abismo.  No se atreve a contemplarla.  Es demasiado débil a su parecer.  Sus pies tiñen la hierba de estiércol.  El sudor de los alerones se despide de su aura, queriendo vestir el entorno con su hedor.  La parte más secreta de su cuerpo se cubre dignamente con un intento de bombachos.  La humedad de la hierba en contacto con las plantas de sus pies le provoca escalofríos.  Su vida no es tan suave ni tan delicada.  No se siente en contacto con la salvaje naturaleza, salvaje como él mismo.  A pesar de todo, intenta calmarse, decidiendo enfrentarse a las vistas majestuosas que le hacen sentir insignificante.  Poco a poco, sin prisas se acerca.  Un paso detrás de otro no es complicado, no tanto al menos como contemplar el mundo desnudo a tus pies sin un puente que pueda fundirte en él.  Está solo y sucio.  Se sienta en el borde y reflexiona.  Piensa gravemente mientras con su mano retira cacho a cacho el fiemo seco.  Para y se observa.  Llora y se moja la masa compacta de su extremidad, que se retira fácilmente, como el fango recién hecho.  ¿Esto que soy, este trozo de carne es realmente un hombre?

Al otro lado, la colina escarpada paralela, esa especie de espejo desigual (normalmente la puerta a los mundos paralelos) hay otro hombre.  Huele tan bien como las flores y la brisa del mar.  Sus cabellos se confunden con el enigmático negro brillante del cielo.  Sus uñas son rosadas, igual que su lengua.  Sus pies se encuentran protegidos por una bolsa de ropa adaptada a ellos (bienllamada calcetín). Éstos, desconocen el rocío y la crueldad de las piedras de los senderos.  El humano calla, pero no escucha. Mira al frente, pero no ve.  Le habla al viento, pero sólo escucha inflado lo que el eco burlón le comunica.  Sonríe al abismo, pero cuando este le pregunta el por qué las palabras se marchitan de su lengua rosada y limpia.  Da media vuelta, y luego otra más.  Busca pero no encuentra, no encuentra pero tampoco busca una alerta, una brizna de preocupación.  Llorar y lamentarse no existe en su conciencia hasta aquella clara mañana en que su catalejo lo pudo advertir: ese hombre del otro lado, fuera de su alcance, el hombre mal vestido que malvive, apesta y se plañe.  Entonces, también quiso como él tocar la hierba, andar por estiércol desnudarse y revolcarse.

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