Hoy tus ojos amables me han hablado. No te conozco de nada y me has
ofrecido algo del escaparate de donde trabajas. Un dulce, por acechar y
preguntarte. Como siempre, no te he podido ni mirar. No te me acerques, te lo
ruego. No hay sitio para expresiones complacientes, el silencio ocupa mucho
espacio en mi armario y tus ojos ovalados como bombones me intimidan demasiado.
Sólo has querido ser afable, lo sé, es un pensamiento sin películas. A la gente
le da igual, ni se lo plantea, pero a mí se me queda un regusto a reflujo en el
estómago. Me tengo que marchar, no seas cordial, déjame sola, respirar. Como tantos
que se me dirigen como peonzas educadas, tienes una sonrisa que necesito que me
ofrezcas desde el otro lado de la valla, donde nunca me puedas alcanzar.
Puede ser verdad. Puede ser que me de miedo la gente y la luz de sus dos
soles oculares. En la oscuridad se vive más resguardado. Si sigues el compás de
la melodía nadie puede saber de tus errores o si sufres arritmia. Mi alma se
regocija de esta seguridad, pero a veces implora que algún ojo sea impermeable
a la noche y, entre las ilusiones que crea la luna, me reconozca.
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