Tú buscas luz y yo apagar tormentas. No eres oscuro, sólo estás nublado. Este
tiempo de ocho años he intentado traspasarte para que brilles. Eso no es salvar
porque no es tu destello el que ilumina. Todo es una farsa, un espejismo que no
nos sirve para nada. Me olvidé de alumbrar los alrededores por obsesionarme en
un solo punto. Mientras, tú todavía sigues lloviendo sin tregua ni calma, ciego
y sin posibilidades de transformarte en estrella.
Y todo esto fue nuestra triste historia de final abrupto. Una llama forastera
no puede diluir unas nubes rabiosas que desprecian la calma y que temen descubrir
su más sincera desgracia. Y aunque no me quieras creer, te digo que no me
necesitas para nada. Desde tu ciclo de agua también hay una ilusión. Por mucho
que diluvies, tu centro es otro sol.
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