He repicado los dedos sobre la palma de mi mano y su ruido era seco, de masa
huesuda hueca por dentro. Me ha venido a la cabeza la danza de la muerte con su
círculo de esqueletos, trotando y rodeando un fuego rojo, naranja y amarillo. Esta es la parte última de mi cuerpo, la
materia orgánica anterior a las partículas del polvo.
Soy un montón de huesos pelados por el hielo, el fuego y las inclemencias
de los fenómenos atmosféricos. Déjame sentir sobre la carne blanda y blanca que
todavía conservo. Déjame, calla y baila todas las danzas que no puedas bautizar
con palabras. El placer se acaba y su poso se grava en el calcio. El viento,
los años quitan peso y lo que creías impreso se desvanece. Tu estructura ósea
es más ligera, pero resiste, ante todo. Tu rostro ya tiene arrugas, pero el
fémur se mantiene erguido para que no decaigas en la vejez y te arrodilles ante
el sufrimiento y el hades.
La carne es voluptuosa y volátil, suave y sensual. Se deshace en la boca y
en la violencia, en el sexo y en el tiempo. Agarras y la desgarras. Desplomas,
perforas, comes, tragas. El hueso aguanta toda la carga que le eches. Permanece,
sobrevive décadas como los anillos de los árboles y sin embargo no lo buscas para
alimentarte. El hueso es deshecho y el pilar básico que nos construye.
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